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Entender las razones detrás de nuestras metas


Tú no necesitaste fe para volar, lo que necesitaste fue comprender lo que era el vuelo.

El significado del vuelo va más allá de una manera de trasladarse para conseguir algunas migajas caídas de un bote.

Juan Salvador Gaviota

A medida que vamos creciendo y desarrollándonos, de una u otra manera aprendimos que para alcanzar nuestras metas es necesario tener confianza en nosotros mismos. En otras palabras, necesitamos nutrirnos con fe. Sin embargo, son escasas o quizá nulas las veces en que se nos invitó o enseñó a entender las razones por las cuales queríamos alcanzar tal o cuál objetivo.

A medida que nos convertimos en adultos, la “chispa” y capacidad de soñar de nuestra infancia va desapareciendo y a falta de comprensión, comenzamos simplemente a acostumbrarnos a vivir en un estado rutinario y hasta inconsciente. Nunca supimos realmente para qué queríamos ser presidentes, reyes, astronautas, científicos, doctores, etc.

Ahora, la mayoría de los días nos levantamos de forma automática, nos subimos al auto, al bus o al subterráneo y simplemente invertimos gran parte de nuestro esfuerzo y “capacidad de vuelo” para trasladarnos a buscar esas migajas caídas del bote. Solemos mantener nuestra mente enfocada en “hacer” y poco nos ocupamos en reflexionar acerca de “por qué hacerlo.” Si acaso, nos convencemos de que estas razones se explican simplemente para cumplir con ciertas responsabilidades u obligaciones que descansan sobre nuestros hombros.

¿Sabes bien para qué emprendes el vuelo todos los días?

¿Dónde quedaron aquellos sueños que tanto te hacían sonreír de niño?

¿Tus verdadero propósito esta alineado con las actividades que realizas cotidianamente?

¿Te sientes satisfecho, completo y feliz con tu vida?

Todos los objetivos que nos planteamos en la vida, siempre resultan más alcanzables cuando conocemos la verdadera razón qué yace detrás de cada uno de ellos. Tú sabes bien que tienes la capacidad de lograr todo lo que te propongas, en ti subyace de manera natural una fe poderosa. Sin embargo, quizá es momento de no solamente creer en todo lo que podemos alcanzar sino empezar a entender bien para qué lo queremos lograr.

Es posible que muchas veces te hayas empeñado diligente y eficientemente en alcanzar algún objetivo y a pesar de tus esfuerzos no lo has conseguido. ¿No será que quizá este objetivo no está alineado con tu verdadero propósito en la vida?

Si quieres modificar de manera efectiva lo que ves <<allá afuera>> empieza por entenderte mejor a ti mismo y a armonizar con tu ser interior. Solamente hay una persona que te puede ayudar a descubrir este camino: tú mismo.

Te invito a poner en práctica los hábitos 1, 9 y 10 del libro “los 10 hábitos de la Gente Altamente Atractiva.” Descubre algunas técnicas para comenzar a alinearte con tu guía interior, conoce la importancia de la fe, así como la relevancia de ampliar tu sabiduría.

Fotografía cortesía de: stock.xchng http://www.sxc.hu/

Londres 2012 ¿Por qué sólo tres ganadores?


El deporte y la competencia pueden llegar a ser crueles con quienes los practican. Esto es especialmente cierto cuando se trata de eventos de gran envergadura como lo son las Olimpiadas. En esta ocasión, Londres 2012 no ha sido la excepción y ha dejado en evidencia que las técnicas, preparación y desempeño de los atletas, aunque en ocasiones mejor que las olimpiadas pasadas, no han sido suficientes para satisfacer nuestro voraz apetito de triunfo. Tal parece que la conciencia de la audiencia no ha logrado evolucionar al mismo ritmo en que lo ha hecho el deporte.

Las olimpiadas más que un espacio de reflexión y asombro, siguen siendo uno de distracción masiva, un momento para externar críticas sobre los atletas y si acaso, una fuente de inspiración para futuras charlas motivacionales. Los medios, locutores y los llamados “analistas deportivos” nos llenan la cabeza con ideas, paradigmas y expectativas subjetivas sobre los resultados que deberían de ser esperados. Todos, incluyendo aquellos qué no somos asiduos seguidores del deporte, podemos de la noche a la mañana creernos expertos y sumarnos en complicidad al resto para así respaldar la afamada y condicionada “opinión pública.”

Aunque los atletas definitivamente son mejores olimpiada tras olimpiada, parece que el nivel de conciencia de la audiencia en general no ha evolucionado mucho desde las primeras justas olímpicas llevadas a cabo hace unos 2800 años. En efecto, el nivel superficial de conciencia que presentan competidores, cronistas y espectadores en general,  llevan a la mayoría a considerar que sólo hay lugar para un ganador (si acaso tres) y los demás deportistas deberán de continuar su carrera teniendo al fracaso como maestro. En ocasiones se llega a creer que por ejemplo, un atleta que posee múltiples récords mundiales y un número igualmente respetable de medallas y trofeos, debe de ser considerado como una especie de <<perdedor>> por haber ganado un segundo lugar. También lleva a algunos deportistas a externar opiniones de discriminación y segregación fundamentadas no solo en muy poco análisis sino también en abundante ignorancia. Esta actitud poco reflexiva se muestra de la misma manera con el hecho de que para algunos deportistas y espectadores ganar un 9º o un 4º o inclusive una medalla de bronce o plata son un ejemplo de fracaso o mediocridad.

Es tal la devoción o miedo a la derrota, que se ha llegado incluso a especular que el “corazón” de un deportista no se debe medir en el triunfo, sino en el fracaso. Con todo respeto: ¿en qué creen que se fracasó?

Es importante considerar que cuando basamos nuestro análisis en un nivel de conciencia superficial, nos orillará a tener una visión limitada y parcial de las cosas. Entre ellas, nos lleva a creer que la competitividad es la antítesis de la mediocridad, cuando en realidad no lo es. Si no logramos entender esto, estaremos quizá condenándonos a vivir de manera efímera nuestros triunfos y a recordar y recriminarnos eternamente nuestras derrotas.

Es innegable que existen atletas y otras personas que se auto-imponen objetivos muy altos y que emprenden un camino de esfuerzo y sacrificio para alcanzarlos. Es incuestionable también que muchos de ellos son fuente de inspiración y motivación para otros. Sin embargo, es indispensable considerar que el camino y las metas  que cada uno se plantea son propias y de nadie más. Ninguna persona tiene el derecho de imponerle o exigirle a otro sus propios límites.

Cada quien escribe su propia historia y nadie más tiene el crédito para poder editarla, cuestionarla y mucho menos juzgarla. El remedio contra la mediocridad es la excelencia y esta se va construyendo día a día a través del respeto, la tolerancia, la solidaridad, el empeño, la honestidad y la disciplina que en ningún momento indican que la verdadera receta del éxito se construye a partir de vencer los demás. Todos los atletas son ganadores y en especial aquellos que lo demuestran a través de una actitud humilde, positiva, alegre y madura que les evita ser afectados por las opiniones y los límites que alguien más les quiera imponer.

Por otro lado, si en los certámenes de belleza existen los premios a la “simpatía” o a la “fotogenia” ¿no deberían de existir medallas a la excelencia en adición a las otorgadas por competitividad? Después de todo, ser excelente es mucho más que algo que puede ser medido por una vara o un reloj. ¿Qué opinas?

Ser competitivo no significa ser excelente


excelencia“La vida es como una obra de teatro: no es la duración sino la excelencia de los actores lo que importa” Séneca.

¿Qué te viene a la mente cuando escuchas la palabra competitivo?

La sociedad contemporánea valora mucho la eficiencia, la riqueza, el prestigio y el poder. Hoy en día tenemos poco espacio para el autoconocimiento, la tolerancia y la paciencia, y al parecer la carrera hacia la cima del mundo se ha convertido en un  ideal que para muchos representa un objetivo tan importante que están dispuestos a conseguirlo a cualquier precio. En otras palabras, la llamada sofisticada sociedad de éste siglo, deja sitio sólo para los mejores y estos parecieran ser aquellos que están dispuestos a pasar por encima de los demás sin importar las consecuencias.

Durante mucho tiempo se nos ha inculcado el espíritu competitivo como un remedio contra la pasividad y la mediocridad. Es decir, parece que confundimos a la competitividad con la excelencia. Dentro de muchos de nosotros existe la falsa creencia de que ser más competitivos nos convierte en mejores personas, sin embargo, esto no puede estar más alejado de la verdad porque la competencia destruye, esclaviza y margina. La competencia percibe inevitablemente a nuestro prójimo como amenaza u obstáculo para conseguir el objetivo deseado. Por otro lado, nuestro ego tiene un nivel de consciencia y entendimiento muy superficial y una vez que se engancha en el juego de la competencia nunca queda satisfecho. La competencia requiere de rivalidad y esta conduce a la enemistad y en consecuencia al odio, todos ellos son sentimientos negativos que atraerán inevitablemente para quien los experimente, situaciones o eventos de la misma polaridad. Esto significa que con el afán de ganar, la persona que es obstinadamente competitiva se atrae hacia su realidad situaciones que terminarán por aislarlo y victimarlo.

La verdadera medicina contra la mediocridad, es la excelencia. Aspirar a ser excelente genera un esfuerzo individual orientado al desarrollo máximo personal sin entrar en competencia con alguien más. Cuando uno aspira a ser excelente, se desea ser mejor mediante un sentimiento y actitud que es incluyente y solidaria. La excelencia construye, libera y acerca a las personas. La excelencia invita a la superación personal mientras que la competencia incita a superar al otro. La excelencia es un principio liberador que permite al hombre alcanzar su máxima capacidad y a percibir al otro no como el enemigo a vencer, sino como un compañero en el viaje. La excelencia implica tomar la actitud correcta y responsable para hacer las cosas de la mejor manera posible.

Cuando decidimos ser excelentes, estamos tomando una elección que nos atraerá muchos más beneficios y satisfacciones que sólo ser competitivos. Ser excelente significa decidir tener buena actitud, inclusive antes los malos momentos. Ser excelente implica ayudar a nuestro entorno y a quien necesita apoyo. Ser excelente es decidir actuar con honestidad y con optimismo. Ser excelente es decir sí se puede. Ser excelente nos invita a respetar las ideas, los derechos y los sentimientos de los demás.  Ser excelente es aprender a vivir en armonía con lo que te rodea,  implica que seas tú mismo y que persigas tu verdadero propósito.

Si bien en ésta búsqueda no hay medallas, los premios recibidos son mucho más significativos y siempre se quedarán contigo.

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