La demagogia en tiempos del miedo


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” El corazón que está lleno de miedo, ha de estar vacío de esperanza” Fray Antonio de Guevara

¿Por qué nos sorprendería que alguien envuelto en discursos racistas, violentos, misóginos, de desprecio, carentes de fondo y de sustancia pueda ser candidato a gobernar la economía más grande del mundo y supuesto arquetipo de democracia y libertad?

 

De la misma manera, debiese sorprendernos el rumbo que tomaron otras balanzas electorales o plebiscitos que dejaron a Venezuela con su Chávez, a Bolivia con su Evo, a Gran Bretaña con su Brexit, a Colombia con su Las farc y por qué no decirlo a México con su AMLO.

No hay nada de impredecible o de atípico en lo anterior, por el contrario, la demagogia en tiempos del miedo capitaliza el favor de un electorado hastiado, hambriento, ávido de justicia social y que en su desesperada miopía es capaz de “escupir para arriba” con la vaga esperanza de que no le caiga de regreso.

El miedo es el catalizador perfecto para la demagogia, su mecanismo básico aprovecha las lagunas de entendimiento entre el electorado y la telaraña de la palabrería se adhiere de forma efectiva a las mentes perezosas. No hay que ser erudito para reconocer lo efectivo que esto resulta y las masas que logra acarrear. En un contexto donde el miedo y la desesperanza son los invitados principales al banquete electoral, cualquiera que esté dispuesto a ofrecer propuestas drásticas, firmes y hacerlo sin escrúpulos ganará una clara ventaja independientemente de que sus ideas carezcan de sentido y del más mínimo fundamento lógico.

Antes de buscar una solución efectiva a la irracionalidad del ambiente, recordemos que lo que ocurre “allá afuera” no es sino un reflejo de lo que ocurre dentro de cada uno de nosotros. Los escenarios de violencia, miedo, abandono y de injusticia que vemos en nuestro entorno no es sino un espejo del caos que acontece en el esqueleto estructural de la sociedad misma: que es al final la suma de muchas mentes individuales que están confundidas.

Así que el Trump (y otros) que vemos allá afuera es una consecuencia directa del “trump” que todos llevamos dentro. Ojalá que el reconocimiento de nuestros propios condicionamientos, limitantes, dogmas y demás creencias  y de cómo estas rigen nuestro pensamiento y acciones sea el parteaguas para comenzar con la construcción de una sociedad más sabia, justa, incluyente y que vele por el bienestar de todos.

Fotografía cortesía de: www.es.freeimages.com

 

Publicado el octubre 16, 2016 en Reflexiones. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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