Londres 2012 ¿Por qué sólo tres ganadores?


El deporte y la competencia pueden llegar a ser crueles con quienes los practican. Esto es especialmente cierto cuando se trata de eventos de gran envergadura como lo son las Olimpiadas. En esta ocasión, Londres 2012 no ha sido la excepción y ha dejado en evidencia que las técnicas, preparación y desempeño de los atletas, aunque en ocasiones mejor que las olimpiadas pasadas, no han sido suficientes para satisfacer nuestro voraz apetito de triunfo. Tal parece que la conciencia de la audiencia no ha logrado evolucionar al mismo ritmo en que lo ha hecho el deporte.

Las olimpiadas más que un espacio de reflexión y asombro, siguen siendo uno de distracción masiva, un momento para externar críticas sobre los atletas y si acaso, una fuente de inspiración para futuras charlas motivacionales. Los medios, locutores y los llamados “analistas deportivos” nos llenan la cabeza con ideas, paradigmas y expectativas subjetivas sobre los resultados que deberían de ser esperados. Todos, incluyendo aquellos qué no somos asiduos seguidores del deporte, podemos de la noche a la mañana creernos expertos y sumarnos en complicidad al resto para así respaldar la afamada y condicionada “opinión pública.”

Aunque los atletas definitivamente son mejores olimpiada tras olimpiada, parece que el nivel de conciencia de la audiencia en general no ha evolucionado mucho desde las primeras justas olímpicas llevadas a cabo hace unos 2800 años. En efecto, el nivel superficial de conciencia que presentan competidores, cronistas y espectadores en general,  llevan a la mayoría a considerar que sólo hay lugar para un ganador (si acaso tres) y los demás deportistas deberán de continuar su carrera teniendo al fracaso como maestro. En ocasiones se llega a creer que por ejemplo, un atleta que posee múltiples récords mundiales y un número igualmente respetable de medallas y trofeos, debe de ser considerado como una especie de <<perdedor>> por haber ganado un segundo lugar. También lleva a algunos deportistas a externar opiniones de discriminación y segregación fundamentadas no solo en muy poco análisis sino también en abundante ignorancia. Esta actitud poco reflexiva se muestra de la misma manera con el hecho de que para algunos deportistas y espectadores ganar un 9º o un 4º o inclusive una medalla de bronce o plata son un ejemplo de fracaso o mediocridad.

Es tal la devoción o miedo a la derrota, que se ha llegado incluso a especular que el “corazón” de un deportista no se debe medir en el triunfo, sino en el fracaso. Con todo respeto: ¿en qué creen que se fracasó?

Es importante considerar que cuando basamos nuestro análisis en un nivel de conciencia superficial, nos orillará a tener una visión limitada y parcial de las cosas. Entre ellas, nos lleva a creer que la competitividad es la antítesis de la mediocridad, cuando en realidad no lo es. Si no logramos entender esto, estaremos quizá condenándonos a vivir de manera efímera nuestros triunfos y a recordar y recriminarnos eternamente nuestras derrotas.

Es innegable que existen atletas y otras personas que se auto-imponen objetivos muy altos y que emprenden un camino de esfuerzo y sacrificio para alcanzarlos. Es incuestionable también que muchos de ellos son fuente de inspiración y motivación para otros. Sin embargo, es indispensable considerar que el camino y las metas  que cada uno se plantea son propias y de nadie más. Ninguna persona tiene el derecho de imponerle o exigirle a otro sus propios límites.

Cada quien escribe su propia historia y nadie más tiene el crédito para poder editarla, cuestionarla y mucho menos juzgarla. El remedio contra la mediocridad es la excelencia y esta se va construyendo día a día a través del respeto, la tolerancia, la solidaridad, el empeño, la honestidad y la disciplina que en ningún momento indican que la verdadera receta del éxito se construye a partir de vencer los demás. Todos los atletas son ganadores y en especial aquellos que lo demuestran a través de una actitud humilde, positiva, alegre y madura que les evita ser afectados por las opiniones y los límites que alguien más les quiera imponer.

Por otro lado, si en los certámenes de belleza existen los premios a la “simpatía” o a la “fotogenia” ¿no deberían de existir medallas a la excelencia en adición a las otorgadas por competitividad? Después de todo, ser excelente es mucho más que algo que puede ser medido por una vara o un reloj. ¿Qué opinas?

Publicado el agosto 3, 2012 en Alcanzar Metas. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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